Me sucedió algo hace días que da pie para
iniciar un artículo que ya traía rondando en la mente. Iba caminando por la
calle en el centro de la ciudad, cruzo la calle y el carro que venía se
detiene; Supuse que, para darme el paso, pero no sólo eso (les recuerdo que
siempre visto sotana). Del carro se baja la señora que venía conduciendo, se
acerca a mí, me toma la mano y me la besa, sin decir nada, se va y sube de
nuevo al carro. Así de rápido y simple, no me dio ni oportunidad de decirle
buenas tardes. La despedí con la mano y seguí caminando.
Las circunstancias fuero poco usuales, pero
recuerdan que hace tiempo besar la mano del sacerdote aún era una costumbre
frecuente. Tristemente, el besar las
manos del sacerdote es un gesto que además de ser ya poco practicado, de hecho,
suele ser desalentado por no pocos sacerdotes alegando en veces humildad y en
otras que “somos iguales” a los laicos.
No es mi intención penetrar a la conciencia y
los motivos de los sacerdotes que desalientan esta práctica de piedad. Sólo
quiero presentar mis motivos, tanto a Laicos como a sacerdotes para que esta
práctica sea fomentada de nuevo.
¿De
quién son esas manos?
¿Del padre o de Cristo?, no necesitamos en entrar
en debates teológicos para afirmar que
las manos del sacerdote son las de Cristo, quedan consagradas, tienen el
poder de administrar su sangre y su gracia. A partir del día de su consagración, las manos del sacerdote en este
sentido sobrenatural no le pertenecen más a él.

Si eres laico, te invito a que practiques con
frecuencia este signo hacia tu sacerdote, te recordará (y le recordaras) que de
él recibes algo que no es de este mundo. Si te lo quiere impedir por “humilde”
le puedes responder, ¡Padrecito, yo
quiero besar las manos de Jesús, acuérdese que usted no tiene manos! (jajajaja).
De cuando en cuando es bueno que nos ayuden a recordar que no nos pertenecemos.
Cuando alegamos que “somos iguales” para no
permitir que se nos bese la mano, de nuevo recordamos, el hombre si es igual en
cuanto fragilidad, pero en cuanto a la gracia del sacramento no. Cuando se encuentren
uno de esos sacerdotes (de los que no existen) que no quiere parecer sacerdote,
que se vive afirmando que fuera del templo es “como todos” (Una mentira muy cómoda,
por cierto). Ayúdenle a recordar la preciosa dignidad que tiene, donde lo
hallen salúdenlo y bésenle la mano, recuérdenle que donde ande, lleva a Cristo
consigo. Le harán un gran bien a su alma.
Cuando te sientas molesto con un Padre (tampoco
estas cosas pasan), por cualquier motivo, cuando te haya tocado conocer la
fragilidad humana que también él tiene; Bésale las manos. Te recordará que aun
así Cristo sigue presente en sus manos, te recordará que podrás molestarte con
el Padre, pero nunca con Cristo. Le
recordaras que debe reconciliarse contigo para no ser obstáculo entre Jesús y
sus ovejas.
El Sacerdote no tiene manos
Finalmente, este acto de piedad es un pequeño
gesto de “rebeldía” contra lo mundano, recuerda que Dios se hizo carne y que lo
sobrenatural se oculta en lo humano. Es un
acto de “rebeldía” contra la tibieza que alegrará a un buen sacerdote y que le provocará una sana incomodidad y
molestia a un sacerdote tibio, para bien de su ministerio.
Si el Padre se molesta, mejor, cada vez le
recordarás que en sus manos lleva algo
que no le pertenece a él, sino a Dios y las Ovejas y para ellos debe ofrecerlo.
No tenemos derecho a molestarnos porque el Sacerdote no tiene manos. †