Hace poco más de la semana salieron los muchachos del
pre-seminario, mañana recibirán su sotana los del año introductorio, entre
ambos grupos tengo la fortuna de conocer de hace tiempo a no pocos de los
muchachos. Por esa amistad que ya había y por la que puede crecer si deciden
continuar el camino del Señor (hay una profundidad de amistad que sólo puede
darse entre sacerdotes) deseo ofrecerles este artículo que baso en una de las
ideas que a mí también me movió a continuar el camino del sacerdocio.
Respondo al mismo tiempo en parte al veneno vocacional que
inocentemente muchos sueltan en la frase “se pude servir a Dios de muchas maneras”.
Primero,
daría un ejemplo, se puede pescar de muchas maneras: con las manos, con lanza,
con caña, si lo desea puede uno mismo atarse a la caña como cebo y lanzarse en
mar abierto (les aseguro por lo menos un tiburón como trofeo jajaja), se puede
pescar con dinamita; pero quien es profesional suele buscar la manera más
efectiva y eficiente, es decir menos esfuerzo más pesca, eso suele ser la red,
sea en la orilla o en altamar. En este mismo sentido, uno puede trabajar para
atraer almas a Dios de muchas maneras, puede sembrar el evangelio de mil
distintas, el que llega a la conclusión del sacerdocio como método para hacerlo
ha descubierto la manera más efectiva de hacerlo.
Segundo,
quien se atreve a vivir esta experiencia generalmente ya es gente de Iglesia,
gente de apostolado o servicio y me atrevo a asegurar que ya descubrieron que
aún en el mejor apostolado de un laico cuando uno evangeliza hay una pieza, el
último paso del camino donde uno no puede intervenir, donde si lo hace uno
sólo, el camino hacia Dios “queda flojo”. Para el que disfruta de servir a Dios
enteramente, hay algo que no queda pleno en él hasta que la vocación llena ese
hueco. Un hueco que no lo llena un acto sólo espiritual al evangelizar, sino un
acto divino, pero físico, palpable, de carne y hueso.
Ese
hueco en el evangelizar sólo lo llena un sacramento, un sacramento que sólo
puede ser dado por un “ungido” que da “lo que a su vez ha recibido”
Explico,
cualquier persona puede hablar a otra de la salvación, del pecado original, del
arrepentimiento, de que Dios nos ama profundamente y que nos puede adoptar como
sus hijos y darnos la vida eterna, pero las palabras quedarán sólo como palabras
si no hay un sacerdote que con un acto palpable, bautizar, les borre ese pecado
y los haga DE VERDAD hijos de Dios. (tecnicistas sé que un laico puede bautizar
pero no arruinen el momento jajajaja ) .
Cualquier
laico puede hacer consciente a otro de su mala vida, de sus faltas ante Dios,
pudiera hacerlo de verdad sentir asco y repugnancia de sus pecados y moverlo a
derramar las lágrimas más puras de arrepentimiento. Pero el último paso, el
perdón por medio del sacramento sólo puede darlo el sacerdote (aún el más
indigno), sin el sacerdote todo el proceso queda a medias.
Pudiera
cualquiera hacer sentir al hermano el vacío de Dios en su vida, hacerle sentir
que su alma muere de hambre si Jesús no la habita, pudiera enamorarlo hasta el
éxtasis de la persona de Jesús pero sólo el sacerdote puede hacerlo bajar en la
carne para que el hermano lo conozca cara a cara y llene el vacío del alma con Jesús
como alimento.
Todos
podemos consolar al hermano que pronto va a dejar este mundo y partir al próximo,
podemos hablarle de las grandezas de la gloria y la misericordia divina e
incluso borrar de él el miedo a la muerte. Pero solo es que es “puente” entre
lo divino y lo humano puede enviarlo perdonado de sus faltas a su Juicio, fortalecido
en el alma y el cuerpo con la unción y con el Señor mismo como alimento para su
último viaje. Sólo el sacerdote puede darle esa firmeza y seguridad. Sólo el
sacerdote pudiera animarse a decir, “yo
he mandado esta alma al cielo”.
Les
dejo los Sacramentos que faltaron de tarea (jajajaja) para que los descubran y tengan el
mismo gusto que yo tuve al descubrir la diferencia pequeña pero abismal que
hace el sacerdote en cada sacramento. Este es el regalo que sólo nosotros
tenemos y si él todo acercamiento del alma a Dios queda inconcluso, queda a
medias, así como la salvación estuvo a medias hasta que Dios mismo tomó cuerpo.
Hay
muchos allá afuera acercando almas a Dios, bien por ellos y por el Reino, pero
somos pocos los que estamos al final de ese camino donde siempre será necesario
un sacramento; por ustedes los que
vendrán, los que también han sido llamados ofrezco este artículo, para que
entendamos un poco más el privilegio al que indignamente hemos sido invitados y
no puede realizarse “de muchas maneras”
sólo al modo del Sumo Sacerdote.†
P.D.: con afecto y
esperanza para los de pre-seminario e introductorio