
Ya estaban las mesas largas con todo para que nos sirviéramos,
chilaquiles, sándwiches, frijoles, ensaladas, burritos y flanes, pasteles y
gelatinas en abundancia. Acababa de bendecir los alimentos a petición del Padre
Juan y me disponía plato en mano a devorar felizmente lo que hubiera en las
mesas cuando una persona me jala de la camisa y me dice — Padre, ¿no podrá
confesarme? — dejando parte de mi corazón y mi antojo en ese plato jajajajaja
me fui a confesar a la persona. No fue
una confesión larga, pero otros se dieron cuenta y se me formó una pequeña cola
jajajajaja, bueno que le hacemos, terminé con la fila de penitentes al poco
rato con la de la cena.
No es la primera vez que algo así me sucede, aun habiendo
confesado durante la misa, que la gente aprovecha precisamente la hora de una cena parroquial y precisamente
el momento en que tienes delante la mesa de alimentos para pedirte confesión. Podrán
decir que es inoportuno, que estoy en toda libertad de decirle que no es el
momento que me busque después o que hubiera aprovechado la hora de confesión
durante la misa recién terminada. Todas esas cosas respuestas me pasaron alguna
vez por la cabeza cuando estaba recién llegado al ejido Nuevo León. Pero la
primera vez (y única) que quizá no dije que si de muy buena gana Dios me mandó
una de esas cachetadas con guante blanco pero con un yunque dentro que le
encantan.
Creo que era una posada de toda la parroquia y había cena y
un programa preparado también y me abordó una persona pidiéndome “un minutito” para confesar; era una
persona que yo sabía bien que no brillaba por ser breve al hablar y consideré
en decirle que me buscara en otro momento pues de verdad deseaba disfrutar de
la convivencia. El Señor (al modo de Él) me recordó en ese momento una frase
sabia del evangelio: “Os digo que, de
igual modo, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta
que por noventainueve justos que no tengan necesidad de conversión” (Lc. 15,7).
Mirando de reojo a Dios
que es muy amante de ser inoportuno jajajaja me fui a confesar ese día,
pensando que también ese arrepentimiento en el cielo era pachanga. Creo que
Dios se ha tomado algo en serio el recordatorio de ese día pues es rara la
fiesta donde no termine confesando a alguna persona a deshora y donde un poco
de privacidad lo permita. ¡Ah que
fiestero me salió el Señor! que le gusta andar haciendo fiesta a cada rato a
costillas de uno. Espero que haya por allí un que otro arrepentido que quiera servirle de excusa para hacer más fiesta. †